Crónica Negra | A Pablo Alexander lo “vendió” un conocido

Cuando le dieron los primeros plomazos, supo de inmediato que de aquella no saldría bien librado. Recordó años atrás cuando le dieron unas puñaladas en la cárcel donde estuvo detenido por un problema de robo. Pero de inmediato se dijo que todo eso había quedado en el pasado y que él había decidido cambiar y, ciertamente, había cambiado.

Se imaginó clarito a su madre corriendo como loca de un lado a otro, presionando al papá, a los hermanos y a los tíos para que buscaran la plata que los malandros aquellos les estaban exigiendo como condición para no matarlo. También se pensó al papá, temblando de pies a cabeza, llamando a todos sus amigos con esa voz asustadiza para ver si podían prestarle algo de plata.

Vinieron nuevos disparos. Sentía cómo los pedazos de plomo le mordían la carne y le hacían saltar el cuerpo malogrado, ya en proceso de enfriamiento y descomposición. Recordó las peleas que tuvo cuando estaba en la escuela y luego en el liceo. Tenía fama de gran peleador, hasta que una vez una chamito del barrio Alcabala le ganó y le echó tremenda zarandeada. Le vinieron a la mente los recuerdos de la primera vez que hizo el amor en la playa. Esa vez había llegado tempranito junto con sus amigos al litoral, pues se habían ido directo de una fiesta. Estaban echados en la arena pasando la rasca cuando apareció aquella joven que, según la pinta, andaba en las mismas condiciones que ellos: amanecida. Les pidió algo de tomar y ellos le dieron anís. Media hora más tarde le hacían el amor entre las rocas, sin importar que ya la playa comenzaba a poblarse.

Los pensamientos cada vez se le hacían más borrosos y perdían color. Sonaron otros dos plomazos. Ahora, los recuerdos se le presentaban como los fotogramas de una película, pero lentos, muy lentos. Lo último que se le vino a la mente fue una vez que agarró una rasca monumental y llegó al barrio donde vivía y comenzó a lanzar improperios contra todas las señoras vecinas creyendo que ya era de madrugada y que ellas, las vecinas, estaban despiertas averiguando la vida ajena. Resulta que no eran ni las ocho de la noche. Al día siguiente, el joven no quería ni asomarse a la puerta de su casa de la vergüenza tan grande que sentía.

La última vez. Pablo Alexander ya llevaba 26 años de aquí para allá y de allá para acá. Aquel domingo se levantó temprano y estaba revisando algunas cosas cuando sonó su celular. El joven se vistió y se dispuso a salir. Le dijo a su familia que ya volvía, que iba a comprar algunas cosas en la redoma y luego iría a Altamira a verse con un amigo. Fue la última vez que lo vieron.

“El barrio La Agricultura, de Petare, se veía quieto, demasiado quieto para mis gustos”, se le escuchó decir a don Puncio, quien se mecía en una sillita de mimbre a las puertas de su vivienda.

Las motocicletas tomaban la calle a toda velocidad, mientras uno que otro chiquillo iba camino a la bodega, saltandito y hablando solos, aunque no había mucho que comprar y tampoco mucha plata para gastar.

Lo pescaron. Ya iban a ser las nueve de la mañana cuando a Pablo Alexander lo agarraron aquellos hombres. El problema fue que casi nadie vio, y los que vieron no supieron en ese instante que se trataba del joven. Don Puncio sí lo habría sabido, pues lo conocía desde niño, pero casualmente en ese instante se había metido para su casa a colar un poco de café, pues su mujer Micaela andaba con el zika y de la cama no se levantaba.

Por eso, la familia quedó estupefacta cuando, cerca de las dos de la tarde, recibieron aquella llamada misteriosa en la que un hombre, quien se identificó como integrante de una banda de secuestradores, les comunicó que habían plagiado al joven y que debían reunir una altísima cantidad de dinero si querían volver a ver a Pablo Alexander con vida. El hombre soltó la amenaza y no esperó mayores preguntas, sino que de una vez trancó la llamada. La familia intentó llamarlo al celular, pero el aparato aparecía desconectado.

Rato después recibieron otra llamada. Era el mismo hombre que había llamado antes. Les preguntó cómo iba la búsqueda del dinero, les ratificó que la cosa iba en serio y que si en el transcurso del día no conseguían la plata, al joven lo matarían sin contemplación alguna y que iban a picar el cadáver en pedacitos.

El problema es que era demasiada plata. Se dice que la suma exigida pasaba los 500 millones de bolívares y los familiares no sabían cómo hacer para buscar esa cantidad. A las siete de la noche recibieron otra llamada. Esta vez, el secuestrador estaba mucho más agresivo y a medida que hablaba se escuchaba que golpeaban salvajemente al muchacho para que la familia escuchara sus clamores. En ese instante les dijeron que ya no tenían más chance. Como no habían cumplido, al joven lo matarían. Les pusieron a Pablo Alexander al teléfono y el joven llorando les suplicó a sus parientes que buscaran la plata, que no quería morir. Esa noche, la familia no pegó un ojo. Ya no hallaban de qué santo pegarse. Pusieron la denuncia en la policía, pero cuando le dijeron que el muchacho vivía en Petare, les prestaron muy poca atención. Las autoridades suelen investigar mayormente los plagios que ocurren en el este de la ciudad, pero ese “este” no incluye a la gente trabajadora de Petare.

Joven próspero. A pesar de vivir en un barrio, Pablo Alexander se daba ciertos lujos porque ganaba buen dinero, ya que era distribuidor de ropa y zapatos, pero los 600 millones que pedían los criminales era una cantidad exorbitante, que difícilmente podía reunir la familia, y menos en cuestión de horas.

Al día siguiente, toda la familia estaba reunida en la sala de la vivienda cuando sonó el teléfono. Todos lloraban, con ese llanto quedito, casi inaudible, que da la impotencia. La voz del secuestrador se escuchó de nuevo. Les dijo que aún no habían matado a Pablo Alexander, pero que lo harían en una hora si no lograban conseguir la plata. Ya no llamaron más, sino que comenzaron a comunicarse con puros mensajes de texto hasta que desistieron. Los familiares acudieron de nuevo a la policía, pero esta vez al Cicpc, y ahora sí que les prestaron atención y comenzaron a investigar a fondo.

A los días, los agentes policiales lograron detener a uno de los responsables, que resultó ser un conocido del joven Pablo Alexander.

Una semana después, la policía llamó a un integrante de la familia para comunicarles el hallazgo del cadáver de un joven en un sector de Guaicoco, allí mismo en el municipio Sucre, el cual tenía características similares a las de Pablo Alexander. Sus parientes acudieron a la morgue y lo identificaron por varios tatuajes.

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