“LA PASÉ MEJOR DE LO QUE HUBIERA IMAGINADO JAMÁS”: ASÍ SON LAS FIESTAS SEXUALES DE LUJO (DIOS QUE HISTORIA)

La historia de la ex modelo Jenna Sauers en una casa de súper ricos cerca de Nueva York
recuerda a ‘Eyes wide shut’ y tiene discusiones maritales, tríos y crítica social

Jenna Sauers es escritora, modelo y feminista. Después de pasar años viviendo del modelaje y apareciendo en revistas como ‘Marie Claire’ y ‘Glamour’, trabajó como periodista “infiltrada” y firmó artículos críticos en la revista ‘online’ Jezebel hablando de las injusticias del mundillo.
Esta vez se ha colado para ‘Harper’s Bazaar’ en una fiesta muy especial. Los organizadores se llaman Killing Kittens, ‘asesinos de gatitos’ —aunque también suena como ‘gatitos (y gatitas) que matan’—. El nombre, dicen, viene de una leyenda popular según la cual cada vez que una mujer peca dándose placer a sí misma, Dios mata a un gatito. Es un club de élite con red social propia y eventos exclusivos para asociados en los que se unen lujo y sexo. La fórmula, claro está, ha funcionado bien —ya hablamos de ellos en otra ocasión)— y desde su base en Londres se han expandido a Nueva York y Toronto. Esta vez la cita es una zona residencial de lujo cerca de Nueva York, en East Hampton.
Lo primero que nos cuenta Sauers es que, sentada con unos conocidos en el jacuzzi al aire libre, el ambiente es de tensa espera. Mucha charla y nada de sexo. Un chico de treinta y pico que trabaja en la industria del cine comenta: “Como lleguemos a conocernos de verdad, nadie va a querer acostarse con nadie”. En la página web de Killing Kittens, cuya fundadora es una mujer, Emma Sayle, nos dicen que su único objetivo es el placer femenino, así que no nos extraña que haya que pasar por ciertas ceremonias antes de entrar al lío.
¿Quién va a una orgía? La periodista lo aclara: “Gente como tú, solo que más blanca, más rica, mayor y más heterosexual”
Se hace la noche y van desabrochándose algunos botones y desapareciendo algunas prendas bajo gasas semitransparentes pero nadie da el paso, no ya de tener sexo completo sino de darse unos besos. Cuando llegaron nuestra protagonista y su amiga Carol la fiesta ya llevaba una hora y media y la puerta de la casa estaba abierta. No era abierta en cambio la política de comunicación del encuentro: no se podía decir por la zona que uno iba a una “fiesta sexual” ni sacar a colación el club. En estas situaciones no se dice el pecado ni el pecador.
Cumpleaños feliz
El motivo oficial de la fiesta era el cumpleaños de una tal Gweneth, que tenía un acento difícil de localizar que le recordó a “Madonna cuando aún estaba casada con Guy Ritchie”. Les dio la bienvenida y entraron a la casa, que parecía desocupada y a la venta, haciéndolo todo un poco irreal. “Me sentía como en un estudio de cine, como si las paredes fueran de mentira”. “Parecía un escenario de comedia romántica” y varios invitados comentaron que era perfecta para una boda.
Fuera, una piscina, un gran cenador, pista de tenis, ping-pong… Dentro todo blanco, la ropa que habían pedido en las invitaciones también, y a las dos amigas les hicieron un pequeño tour de reconocimiento. En el salón vieron bolsas de regalo de una marca sueca de juguetes eróticos de diseño (un patrocinador siempre conviene para la financiación) y baños equipados con condones, toallitas de bebé y chicle. No hace falta ser MacGyver para hacer maravillas con ese instrumental.

Tomarse un cóctel en la fiesta costaba 10 dólares y hacían falta tickets, como en los festivales de música pero sin colas. Después de un rato algo incómodo de silencio empezó a sonar música electrónica relajante que a Carol le recordó a la que pone su masajista. Jenna —a estas alturas hemos cogido confianza con Sauer— no ocultó que iba a cubrir la velada para la prensa y no tuvo problemas excepto con otro escritor, que no entendía lo que pintaba allí. La difícil contradicción entre querer estar en fiestas sexuales publicitadas en internet y buscar el secreto elitistapor encima de todo es complicada de resolver. Y mientras tanto, la máquina empresarial tiene que ser rentable y anunciarse.
Como tú, pero distintos
¿Quién va a una orgía? La periodista nos lo aclara: “Gente como tú, solo que más blanca, más rica, mayor y más heterosexual”. En otras celebraciones exclusivas, de la música, la moda o el cine, hay más variedad. Aquí no hay duda de que lo blanco se lleva, no solo en el mobiliario. De unos cincuenta invitados, los de color que encontró Jenna se podían contar con los dedos de una mano.
Tampoco vio rastro de homosexuales y la edad media era alta. La entrada para parejas cuesta 400 dólares y muchos asistentes habían llegado en su propio barco. Alguno se quejaba del poco lujo de la casa —“la mía es más bonita”—. Las conversaciones no eran más chispeantes o arriesgadas de lo normal, solo había más dinero: “Los invitados de Killing Kittens son tus amigos y vecinos, los burgueses de Nueva York”. Una voz comenta: “Trabajo en la moda, y mi novio en finanzas. Una pareja típica, supongo”. Bueno, es mucho suponer.
“¿Por qué va esta gente tan rica a orgías? ¿Por qué estoy aquí yo?”, se preguntaba la reportera. Y sí, está lo obvio, aderezar un poco una vida sexual aburrida y escribir un artículo, respectivamente. ¿Pero por qué tomaron la decisión final pudiendo estar en cualquier otro sitio? Para ella tiene bastante que ver con la edad. Según maduramos, menos opciones tenemos de encontrar cosas nuevas en el campo sexual, y vamos perdiendo la emoción de descubrir que hace tan interesantes las primeras experiencias.
Inclinándose para coger comida, una mujer le dejó ver sus pechos por completo. “Debajo de cada uno había una reciente y roja cicatriz de cirugía”
Estaba pensando en ello cuando un señor canoso con la camisa abierta hizo una sensacional entrada en limusina, y de ella bajaron unas diez jóvenes elegantes, tres de ellas llamadas Jennifer, y un par de hombres bien conservados como él. Algunos llevaban albornoces de hotel encima del traje de baño. También se quedó fascinada con un trío de guapas pero aburridas jóvenes que hablaban ruso y parecían haber venido sin pareja, lo que era raro en aquella fiesta. Después empezaron a flirtear con todo tipo de hombres y dejaron de hablar en su idioma entre ellas. “Intenté recabar su historia, pero cada vez que me acercaba a ellas se dispersaban”. “Un hombre preguntó a una de las chicas su lugar de procedencia. ‘Soy de los Hamptons’ dijo ella, con fuerte acento”.
Luego Sauers empezó a pasar hambre. La fiesta empezaba a las tres y media de la tarde y se había saltado la comida para vestirse y viajar hasta la casa. El plan era seguir hasta las once y solo llevaba el desayuno en el estómago. A las cinco de la tarde en lugar de servir un té con pastas les ofrecieron ostras, y su amiga era alérgica. “Mataría por una hamburguesa con queso”, dijo otra invitada alta y rubia.

Empezó a haber rumores de queja, se suponía que iba a haber más comida. Una comilona justo antes de entrar en materia no es conveniente, pero pasar hambre tampoco es bueno para la libido y a esas alturas suponemos que muchos empezaban a perder fuelle. Cuando sacaron ‘sushi’ a las seis todos se abalanzaron en masa, una imagen muy poco exclusiva y desde luego nada sexy. Inclinándose para coger comida, una mujer le dejó ver sus pechos por completo. “Debajo de cada uno había una reciente y roja cicatriz de cirugía”.
De cero a cien
De repente, Gweneth, la cumpleañera, puso en marcha las cosas con sorprendente rapidez. De no suceder nada, pasó a haber mucho sexo de repente. Salieron todos fuera y el grupo de las tres Jennifers empezó a coger las bolsas de regalo de los juguetes sexuales y a poner en marcha los consoladores. “Yo seguí su ejemplo y desempaqueté un pequeño vibrador tan morado como una berenjena”. Desde abajo se escuchaba el ping-pong de las mesas.
“El ambiente era tenso. ‘Me muero de hambre’ se quejaba la rubia alta que soñaba con hamburguesas. ‘Esas ostras… Perdona, sé que tú has comido, pero tenían un aspecto asqueroso, parecían semen de toro’. Lo dijo en el tono de alguien que sabe cómo es el semen de toro y que no está feliz de que se lo recuerden”.
Había quejas de todo tipo. El sistema de los ‘tickets’ para la bebida (que casaba mal con el precio de la entrada a la fiesta), la falta de seguridad, la música, el transporte (estaba previsto que trajeran a los invitados desde un pueblo cercano y se canceló a última hora)… Se puso en duda la capacidad de organización de Gweneth. Pero enseguida subió la temperatura. Cuerpos en sofás, una ‘swinger’ entregándose al sexo oral con un hombre en un colchón hinchable, otro de pelo gris haciendo lo propio con una joven en lencería con aberturas…
Jennifer empezó a poner en marcha los consoladores. “Yo desempaqueté un pequeño vibrador tan morado como una berenjena”
“Me disgustó, aunque no me sorprendió, que había hombres con mujeres y mujeres con mujeres, pero no hombres con hombres. Supongo que la experimentación entre chicos sigue siendo tabú, incluso para la élite sexual mundial”. La rubia se quedó aislada de la acción mientras su novio empezó a jugar en la parte más oscura de la habitación, lo que no pareció sentarle muy bien. “Se lanzó al colchón hinchable y empezó a besar a otra mujer, y su novia fue a por su bebida, pescó un hielo y se lo lanzó a él”. Lanzó otro, y otro, mientras que, aprovechando la falta de vigilancia, un empleado que vendía cigarrillos echaba vistazos a través del cristal.
Fuera estaba totalmente oscuro y la autora nos cuenta que la comedia romántica empezó a parecerse más a ‘Eyes wide shut’. “Estaba buscando a Carol, pero no estaba segura de dónde había ido, de si quería que la viera o de si yo misma quería mirar. Al final me invitaron a una habitación donde había tres mujeres —la rubia, una de las Jennifers y una monitora de gimnasia de gigantes pechos— retorciéndose juntas en un sofá”. De repente, una Jennifer se volvió a la monitora y le preguntó por el método de entrenamiento que seguían en su gimnasio. Ella contestó sin perder la concentración y siguió besando los pezones de la rubia. “Se las veía totalmente felices”.
Cuando Carol y yo nos íbamos, me preguntaron si me lo había pasado bien en la fiesta. “Mucho mejor de lo que hubiera imaginado jamás”, contesté. Y era verdad. “¿Pero… participaste?”, preguntó acercándose un poco más. “Eso es privado”, le dije.
Y así lo deja para nosotros también.

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